Cuento

CONTACTO PERSONAL

 


Hoy tengo que salir y asistir personalmente a una reunión. Un evento penoso y remoto que, sin embargo, ocurre cuando tenemos que cerrar algún negocio muy importante: dos o tres veces al año. Debiera de estar feliz, pero… ¡cómo detesto todas las reuniones! Nos reuniremos en algún buen restaurante; usamos alguno típicamente chileno cuando hay que agasajar a clientes extranjeros ¿y cuál sería ese?… donde está mi papelito… ¡aquí está! Es el restaurante “Chilenazo”, en donde los garzones atienden vestidos de huaso… no puedo pensar en elección más obvia, más adecuada y ridícula a la vez ¡y sólo mi horrible fobia social imaginaria –que es la forma elegante de decir que uno se aburre como ostra –puede explicar que lo haya olvidado!


¿A qué se estarán dedicando los huasos de verdad? El año pasado por fin prohibieron el rodeo por inhumano; sólo quedan algunas medialunas ilegales. Ciertas cosas deben ser extirpadas de la identidad patria… la barbarie con los animales, por ejemplo. De todas maneras, a pesar de sus reminiscencias bárbaras, la comida del “Chilenazo” es buena: carne libre de colesterol de vacas transgénicas… ¡pero sigue siendo una maldita y aburrida reunión!


Pude haberle dicho a la computadora central de mi departamento que me despertara diciéndome todo ¡y hasta el microondas recuerda mis citas! Pero yo anoto en pequeñas hojas de papel que me cuesta encontrar, sólo para evitar que las voces sensuales de mis computadoras se me vuelvan antipáticas y yo me enajene. Luego debo hacer el ridículo llamando a la secretaria humana para preguntarle dónde y cuándo son las cosas, pero esta vez encontré el papelito y me evito otro papelón más.


Así soy yo ¿qué más da? Después de todo, la mayor parte de mi trabajo es frente a mi agradable y dócil pantalla.


Me visto con rapidez y me pongo mi corbata roja ¡qué diablos!... fue el príncipe Harry de Inglaterra quien puso de moda esos trajes Mao y la corbata desapareció para siempre de la faz del planeta de los ejecutivos y todos los rebeldes empezamos a usarla... claramente hay algo contradictorio en seguir una tendencia que se dice rebelde, creo, pero no tengo tanto tiempo como para pensar tan bien todas mis rebeldías y a veces me confío a ciertos “movimientos” para que me digan cómo mostrar mi profundo desagrado. Mi jefe se divertirá a mi costa, como siempre, pero no hará nada más. Mal que mal mi nombre vende y mi “rebeldía” también. Quisiera salir en mi vieja reliquia, pero está prohibido quemar cualquier tipo de combustible desde el radio 45 de Santiago, pero ¡cómo cambiar el dulce ronroneo del motor a combustión de una Harley Davidson del más pleno siglo XX por un silencioso y aséptico motor eléctrico del XXII! Por eso es que rara vez voy al centro de la ciudad. Me entristece pensar en lo bien que combinaría mi motocicleta con los edificios históricos ¡es una norma ridícula! ya no hay contaminación atmosférica desde hace casi cien años, cuando se acabó el petróleo natural… pero la gente sigue igual de susceptible con el tema.


Decido agarrar la motocicleta de todas formas. Necesito un fuerte grado de placer para poder sonreír en esa reunión. Su rugido llama la atención en las silenciosas calles, atraigo las miradas y me gusta, claro que dejará de gustarme si la mirada procede de alguien vestido de verde y con una insignia de Carabineros. El viento en mi cara es aliento de vida y por un instante olvido que debo ir a esa tediosa e inútil reunión.


Estaciono la moto en el “Chilenazo” y pago por el estacionamiento. No hay casi riesgo de robo, pero sí de que la grúa de la policía saque un vehículo a combustión de la zona prohibida. Gracias a Dios que eliminaron las oficinas y nos dejaron trabajar en casa. Fuimos uno de los últimos países en hacerlo masivamente y nos atrevemos a llamarnos desarrollados ¡por fin aceptaron que era más barato y productivo! Estoy nervioso… esto del contacto personal con gente que no me interesa en lo más mínimo es demasiado estresante para mí. No puedo esperar el día en que sea abolido para siempre, pero tengo a todos los expertos del mundo en mi contra. Las reuniones de camaradería, los asados, las pichangas de la empresa me agotan y las evito hasta la primera amonestación. La empresa debe despedirme por ley si no asisto al menos a una al mes ¡maldigo a los diputados que propusieron la Ley Vargas del Contacto Personal! Creerse un ermitaño ya no es tan raro y es hasta un cliché en estos días, pero aún así ¡Dios bendiga a la Internet!

Llego al comedor y todos están allí; mi jefe se toca el cuello para molestarme por la corbata y yo me río con la más helada de mis sonrisas… entonces la veo y mi sonrisa se entibia…

Resulta que ella es Madeleine Krantz.


Muchas veces traté virtualmente con ella, pero me imaginaba una señora sesentona y no este monumento. No imaginaba que alguien tan joven tuviera esa experticia. Se me ha caído la mandíbula y creo que le ha hecho gracia. La recojo, porque un hombre pasmado es gracioso sólo hasta los veinte segundos y después es ridículo. Firmamos los papeles, los alemanes comprarán nuestros teléfonos celulares, pero ya estaba decidido. Esta reunión no es más que un viejo ceremonial comercial. Madeleine me felicita por mi diseño artístico y yo me sonrojo, pero hago como si no se notara. Los papeles se guardan, llega la comida, hablamos y bebemos pisco sour. Ella dice que es lo más sabroso que hay en Chile. Yo bromeo con que todos los extranjeros hacen ese comentario y le pregunto si hay un instructivo internacional para negociar con chilenos en el Tricentenario. Ella ríe... de hecho sí existe, lo lleva consigo y me lo muestra. Después del almuerzo me acerco con aplomo y le pregunto con una audacia increíble si le gustaría que la llevara a alguna parte en mi vieja reliquia que creo que constituye todo mi sex-appeal… es ahora o nunca, es demasiado probable que nunca nos volvamos a ver, ni a hablar ni a chatear, aunque su voz me parecía agradable, nunca pensé que fuera tan encantadora y por eso que nunca entré en ningún plano personal... por suerte.


Mi jefe me mira horrorizado y se apronta a una disculpa. Todas las leyes de protección laboral de la mujer me caerán encima y mi despido será algo cierto si ella no sonríe. Deberé entrar en la red de protección social, porque nadie más me contratará jamás después de un problema por acoso sexual. Acabo de arriesgar mi vida laboral y todo mi brillante futuro acercándome a esta valkiria, que estoy seguro que es la que enamoró a Sigfrido. Su perfume es demasiado embriagador, su cabellera rubia demasiado dorada, sus labios hacen demasiadas promesas que no dicen, además, y sobre todo, posee una mente capaz de volar… ¡sí que es ahora o nunca y misteriosamente no pude contenerme! Bien ha valido que arriesgue todo mi futuro.


La redentora sonrisa omnipotente llega por fin.


- Sure! Why not? –dice en la lengua de todos los negocios del mundo y que todos llevamos dos horas hablando. Mi jefe respira aliviado, lo mismo que todos mis colegas y yo. Su sonrisa es la salvación para mi empresa, mi carrera y puedo ver con claridad que para el resto de mi vida ¡bendita sea la Ley Vargas!


CONTACTO PERSONAL Cuento Seleccionado por el GOBIERNO DE CHILE en el CONCURSO DE CUENTO Y POESÍA BICENTENARIO


El Baile de los que Sobran suena a todo volumen. Siempre me despierto con música clásica. El despertador de mi teléfono pone un tema diferente cada día: los lunes es la Cabalgata de las Valkirias; hoy son Los Prisioneros, mañana Steppenwolf. Así siempre sé qué día es. Una inteligente aplicación diseñada por mí para Chiletronics, la empresa líder en innovación tecnológica en la que trabajo, cuyo publicista y creador del lema evidentemente no es tan brillante como su diseñador de producto… pero hoy desearía no saber que hoy es el día. Uno de “esos días”.