Encuentro con un ignaciano, el católico progre de Chile

 

Cuando un hombre se declara ex alumno del San Ignacio, no está simplemente alardeando de haber estado en un colegio de excelencia, como bien podría hacerlo alguien del Instituto Nacional. De hecho un ignaciano no alardea, sino que, con toda la humildad cristiana del mundo, establece la visión humanista cristiana de la realidad que el resto de los pobres mortales debiéramos entender, y en el fondo y a pesar nuestro, compartir.

Hace pocos días tuve el placer o displacer de encontrarme con uno de los pilares de la chilenidad: la cultura del centro político cristiano. Él era ex alumno del auténtico colegio San Ignacio, es decir, el que está en Alonso Ovalle y no alguno del sector oriente de la capital. Él creo que no dijo de dónde, no… no lo dijo. No es normal que gente de nuestra generación diga o se pregunte por el colegio en el que estudió. No así de buenas a primeras, a no ser claro, que alguien sea ex alumno del San Ignacio de Alonso Ovalle, porque ello da cuenta de toda una cultura, de toda una forma de ver el mundo que uno tiene que entender, aceptar y hasta admirar. Aprendí del Colegio San Ignacio cuando estaba en la universidad, porque yo soy un huasito de provincia que es poco más que una Carmela de San Rosendo. El San Ignacio es un colegio de curas jesuitas en el que se educaba gente de clase media, en vez del perfil jaibón de la gran mayoría de los colegios prestigiosos de curas. Allí estudió y luego hizo clases el mismísimo padre Alberto Hurtado, creador del Hogar de Cristo y canonizado santo en algún momento de mi vida que pasó completamente inadvertido para mí, aunque fue de gran algarabía para la catolicancia chilena.

Creo no hay ningún equivalente femenino al San Ignacio de Alonso Ovalle. Bueno, de hecho no hay ningún equivalente en Santiago ni en otras ciudades de Chile. El San Ignacio es hoy una franquicia que tiene uno o dos establecimientos más en la ciudad, sin embargo, es el de Alonso Ovalle, el del centro, EL Colegio San Ignacio, el original, el verdadero, el del padre Hurtado. Cuando un hombre se declara ex alumno del San Ignacio, no está simplemente alardeando de haber estado en un colegio de excelencia, como bien podría hacerlo alguien del Instituto Nacional. De hecho un ignaciano no alardea, sino que, con toda la humildad cristiana del mundo, establece la visión humanista cristiana de la realidad que el resto de los pobres mortales debiéramos entender, y en el fondo y a pesar nuestro, compartir. La visión humanista cristiana del San Ignacio consiste en un cristianismo católico, pero “tolerante”, “abierto” y “moderno” y sí, las comillas son tan necesarias como los ritos lo eran para el Zorro de El Principito. La visión del San Ignacio nunca se aparta del canon católico, por supuesto. Sí reconoce que las personas tienen el derecho de no ser católicos y a tener otras visiones del mundo, pero esas visiones están llamadas a ser comprendidas e integradas por los moralmente superiores católicos. El ignaciano se preciará, por ejemplo, de haber leído en su tiempo los títulos contenidos en el antiguo Index de Libros Prohibidos de la Iglesia o el Código da Vinci, prohibido de manera más reciente y menos formal para el resto de feligreses.

El San Ignacio le dio entender a su ex alumno que la fe era completamente compatible con el pensamiento, con la crítica y que era además un inexpugnable refugio en contra de las adversidades de la vida. En todo caso no cualquier fe, sino que su fe: la fe entrenada fieramente por los jesuitas y por los profesores que igual le dieron una educación de excelencia. A diferencia de alumno de un colegio más “cuico”, el ignaciano vive su superioridad con compasión, culpa católica y vocación de servicio. Los ignacianos son soltados al final de los “doce juegos” al mundo y se espera que devuelvan a la sociedad los privilegios que su familia y el Colegio San Ignacio les han entregado. Todos aquellos que aceptaron el mensaje lo hacen o creen hacerlo, aunque el servicio que devuelven a la comunidad no sea más que hacer su propio trabajo seglar bien hecho. Necesariamente, sin embargo, hacen todo con esa visión conservadora que no se reconoce como tal, sino que se jura progresista, porque para ellos nadie es más “progre” que Cristo, quien fue el primer comunista, aunque nunca fue tan “extremo” como Marx, sino de un “comunismo burgués”, que, reconozcámoslo, es suficiente para aterrar a gran parte de la clase dominante de Chile.

Los ignacianos representan la primera línea de mucho de lo que es un chileno: jamás dan argumentos vehementes porque suponen un marco valórico obvio, que es obvio incluso para los no creyentes. Siempre reconocen algún grado de razón en el otro, pero finalmente llegan siempre a la conclusión de que todos tenemos razón, porque en el fondo todos pensamos lo mismo –lo mismo que ellos– pero con palabras diferentes. Para ellos, por ejemplo, en realidad no existen los ateos, sino personas que se refieren a su dios con un nombre diferente, algo así como una fuerza universal, y que, aunque errados en la forma, están de acuerdo con nosotros en el fondo y eso es lo que finalmente importa. De aquí viene una forma particular y chilena del discurso de la tolerancia, del respeto por el otro aunque esté equivocado, porque su estar equivocado es necesariamente un a priori dentro de esta versión “progresista cristiana” o “conservadora ligth”. Al final, piensan ellos, todos verán la luz y el diálogo necesariamente nos llevará a un consenso y a un mejor país. Hasta ahora eso había resultado y, aunque los jesuitas fueron tildados de curas rojos, fueron en realidad los mejores custodios del sistema, flexibilizando las partes sin importancia para no cambiar lo que finalmente importaba: nuestra estructura de clases, por ejemplo, o el lugar de la Iglesia en la Sociedad. Esta cultura fue la que apareció como salvadora en los tiempos de la democracia en la medida de lo posible, aunque el líder haya sido institutano y no ignaciano, y es de esta cultura de la que muchos quieren agarrarse para evitar el diálogo franco y la discusión verdadera. Los ignacianos son sinceros, pero muchos de quienes echan mano del discurso “católico-progre” no lo son. Paleontológicamente hablando, creo haber encontrado el origen de los discursos “transversales” que “miran al futuro” “hacia un Chile que todos queremos”. Tal vez esa unidad de fondo alguna vez existió. Hoy es difícil asegurarlo, porque precisamente aquellos que hoy aparecen en la cima del orden social son aquellos que quieren transversalizarlo y consensuarlo todo, evitando cualquier disputa y cualquier indignación en las clases media u obrera, pero ¿podemos todos darnos el lujo de seguir estando, aunque sea en el fondo, ni más ni menos que el fondo, de acuerdo con todos?

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