Micaela por fin pudo tomar un microbús. Sabía que iba a tener que caminar varias cuadras antes de poder hacerlo, pero no contaba con que iba a salir corriendo con tanto miedo. No huía esta vez del carro lanzagua de los carabineros. Aquello ya no era más que una suerte de deporte extremo que le llenaba de adrenalina y euforia. Esta vez había visto extrañas formas en el humo que salía de la iglesia quemada y a un hombre de pie, a pocos metros del incendio, que tenía algo así como un rosario en la mano y murmuraba palabras ininteligibles que, pese a la distancia, ella podía distinguir claramente, aunque no tuviera idea de su significado. Sabía sin embargo que aquel curioso mantra lanzaba maldiciones acaso también sobre ella. Cuando por fin pudo subir al vehículo, le pareció ver al mismo individuo –un hombre delgado vestido de negro que hubiera pasado inadvertido de no ser por sus ojos terribles y las extrañas palabras que podían oírse claramente, pese a ser sólo un murmullo –sentado en el asiento de atrás y dirigiéndole aquella implacable mirada. Cerró los ojos por un momento, lista para bajarse del microbús, pero cuando volvió a abrirlos, el extraño ya no estaba allí o, pensó, ya no era visible.  

Daniela llegó a su habitación y se quitó los botines militares que estaban de moda. Sus piernas estaban todavía sudorosas bajo las medias negras y el short de mezclilla; sus senos desordenados le dolían de tanto correr y saltar, pero no iba a aceptar ponerse una prenda tan opresiva y patriarcal como un sostén.

–¡Emma! –Exclamó con ternura llamando a su mascota. El gato se llamaba Emma por Emma Goldman, la escritora anarquista lituana. El animal era macho, pero dado que el género no era más que un constructo social, ella había decidido cambiarlo conceptualmente para adecuar al animal y deconstruir su masculinidad tóxica. Sin embargo, el felino parecía indiferente a tan complejas conceptualizaciones y esta vez además no aparecía.

A pesar de que todavía mantenía gran parte de la euforia del día, estaba demasiado cansada como para buscar a su mascota. Con Micaela habían quedado de encontrarse en su casa si es que se perdían, pero su pareja aún no llegaba. Sin nada más que hacer, encendió un porro y comenzó a reír sin motivo mientras contemplaba el póster con la foto de la verdadera Emma Goldman que tenía pegado en el techo sobre su cama. La imagen de la capilla ardiendo volvió a su mente. Mientras se quemaba la iglesia, había hecho el símbolo de los cuernos con las manos y abierto los brazos, imitando al Salvador en la cruz. Miguel había tomado y subido a Instagram la foto que se había hecho viral.

–¿Por qué no me habré sacado el pañuelo verde de la cara? –Se dijo.

Sacó su teléfono y contempló en él la imagen de sí misma. Aunque no podía distinguirse que era ella, no importaba. Alguna vez les contaría a sus nietos que ella había sido la de la foto que había dado la vuelta al mundo aquel 18 de octubre y que había quemado la capilla de carabineros junto con el resto de los jóvenes combatientes. Les iba a decir que ella había sido una de las valientes mujeres del pueblo que había hecho que por fin Chile cambiara la funesta constitución de Pinochet por una constitución hecha por el pueblo, en la calle, quemándolo todo. No pensó en que era muy difícil que tuviera nietos; había decidido no tener hijos para no entregar su cuerpo a la reproducción opresiva del sistema capitalista y se reconocía como lesbiana políticamente.

Sonó el timbre, pero Daniela se había puesto los audífonos y escuchaba algo remotamente parecido a la música, por lo que su madre abrió la puerta de la casa. Frente a ella estaba un joven barbado y de pelo largo, con los ojos maquillados y con una minifalda de la que emanaban un par de piernas que se veían delgadas y peludas, aún bajo las medias de pescador negras.

–Hola, tía –saludó el extraño personaje. Aunque era un visitante regular de la casa, esta vez parecía extrañamente turbado, no eufórico como siempre cuando regresaba de alguna “manifestación pacífica” llena de destrozos de la Plaza Baquedano.

–Hola, Miguel –respondió la señora.

–Tía, es Micaela porque deconstruí mi masculinidad – al parecer, su estado de ánimo no había hecho mella en su ideología.

Aquello era demasiado para la tía Jacinta, así que no discutió. Ella era la dueña del quiosco de café y confites que estaba a la salida del campus de la universidad y todos, incluyendo a Miguel-Micaela la conocían por ese trato. Cuando su hija había entrado a estudiar sociología al lugar de donde habían venido la mayoría de sus clientes por varias generaciones, se había sentido feliz. Algunos de sus antiguos parroquianos se habían transformado en personajes importantes del mundo de la política y la cultura; tenía fotografías con varios de ellos en el living de su casa y en el mismo quiosco. No eran todos los que habían pasado por la universidad y por el quiosco, pero sí algunos; la tía Jacinta tenía al menos quince fotos en su casa y otras tantas en su Facebook. Acaso su hija se iba a convertir en una de esas personas importantes, tal vez no, pero al menos tendría un trabajo decente y menos duro que atender un quiosco. Al pasar al segundo año, sin embargo, Daniela había comenzado a hablar cosas extrañas sobre opresiones, sociedad disciplinaria, biopolítica, patriarcado y otras palabras que estaban mucho más allá de su entendimiento y las explicaciones de la joven la confundían todavía más. Sí había entendido cuando su hija se declaró lesbiana, pero había dejado de entender cuando conoció que su pareja era este hombre barbado y afeminado que usaba vestidos y maquillaje.

–Algunas mujeres tienen pene, mamá –le había explicado la joven estudiante. Entonces, superada en su comprensión del mundo, dejó de hacer preguntas.

–La Dani está en la pieza… –iba a decir “mijito”, pero sabía que el extraño ser que tenía enfrente la corregiría una vez más para ser llamado “mijita” o, peor aún, “mijite”.

–Gracias, tía –dijo el joven besando la mejilla de la señora.

Mientras el extraño ser subía la escalera, pensó que en sus tiempos ni su madre ni su padre hubieran dejado que un hombre estuviera a solas con ella “mientras vivas en mi casa”. Ella, sin embargo, lo permitía porque pensaba que el joven había “curado” a su hija de su lesbianismo, por mucho que ella insistiera en que Micaela era una mujer con pene. Por otro lado, se había dado cuenta de que su hija nunca había estado, al menos hasta su conocimiento, con una verdadera mujer. Las cosas estaban demasiado complicadas y el mundo parecía enloquecer. Desde su quiosco al lado de la universidad, había observado que la juventud de los últimos años era distinta a aquella que había conocido cuando había comenzado con el negocio, después de la muerte de su marido. Tal vez él tampoco hubiera entendido, pero acaso hubiera sabido poner orden de todas maneras. Ella estaba muy confundida y demasiado cansada. La universidad estaba cerrada por la pandemia y no había podido abrir el quiosco en todos estos meses, además de que había tenido que cerrar muchas veces desde el 18 de octubre del año anterior, cuando todo se volvió un caos. La vida le había enseñado a la tía Jacinta a ser metódica y sus ahorros le habían permitido vivir bien, además de haber retirado aquel famoso diez por ciento de sus fondos previsionales. No quería hacerlo, pero una amiga le había dicho que lo sacara antes de que los políticos se robaran todo. El dinero retirado permanecía aún sin tocarse en su cuenta RUT.

 

La joven se levantó de la cama y se arrojó a los brazos de su extraña pareja.

–¡Micaela!

Se besaron en los labios y el joven sacó un six pack de cervezas de su mochila.

–Deben estar calientes.

–Las acabo de recoger de una botillería que estaban saqueando –mentía, en realidad lo había comprado en el negocio de siempre, pero quería parecer heroico. Pese a que repetía las bravuconadas habituales, su ánimo contrastaba con la euforia que, a pesar del cansancio, mostraba la joven.

Ella tomó una de las latas y comprobó que todavía estaban frías.

–Hoy día fue épico… 

–Sí –respondió Miguel, pero con mucho menos entusiasmo.

  Daniela abrió una lata y se la pasó al joven para que continuara. Iban a tomarse todo el six pack, pero compartían la lata como si fuera la única que tenían.

El muchacho, sin embargo, seguía taciturno y mirando al vacío.

–¿Qué te pasa?

–Nada.

–Ya pues, Miguel, ¡dime! –Entre la marihuana y la tensión, Daniela a veces se olvidaba del lenguaje inclusivo y de la deconstruida masculinidad de su mujer con pene.

El joven la miró a los ojos y comenzaron a correrle lágrimas negras que se llevaban su maquillaje barato comprado a algún vendedor ambulante.

–La iglesia…

–¡Pero si la única iglesia que ilumina es la que arde! Destruimos ese templo burgués, patriarcal, opresivo… –la joven continuó con una serie de adjetivos sacados de los libros de Foucault, Derrida, Deleuze y Guattari, entre otros autores –Además, ¡era la iglesia de la yuta! ¡Esos asesinos de mierda!

El joven se pasó la mano por los ojos corriendo aún más su maquillaje.

–Había un refugio para gatitos callejeros y murieron como cien en el incendio. Los vi, estaban retorcidos, chamuscados y sus caritas parecían seguir sufriendo desde el más allá

Daniela se quedó perpleja ante las revelaciones de su novio-novia. Abrió un cajón de su cómoda y de allí sacó unos pétalos de algodón y una loción desmaquilladora.

–Tenís la cagada en la cara, huevona –diciendo esto, procedió a quitarle el maquillaje de los ojos a su pareja.

–Mientras venía para acá todos los gatos que me encontré en la calle parecieron seguirme y me miraban con odio –por alguna razón no quiso hablar del hombre al que había visto, temía que si lo nombraba volviera a aparecerse –¿dónde está Emma?

–La muy huevona parece que se arrancó de nuevo, pero sabes que siempre vuelve.   

Él seguía sollozando, pero comenzaba a sentirse mejor, ella lo besó en los labios y luego se abrazaron como acurrucándose. Estuvieron así, inmóviles salvo por algunas caricias, por algo más de media hora.

–Por un momento estuve segura de que un hombre con cara de gato me miraba fijamente en la micro –Miguel por fin se atrevió a mencionarlo.  

–Estás puro sicoseando, huevona.

–Seguramente, pero ¿qué pasa si los gatitos nos persiguen desde el más allá?

–Huevona, cállate –ordenó Daniela.

Se quedaron así abrazados en silencio por un rato más.

–Pacos culiados; –dijo Daniela por fin –esos asesinos debieron tener algún letrero advirtiendo que tenían un refugio para gatitos, ¿quién se iba a imaginar que la yuta hiciera algo bueno?   

–¡Uno no se imagina, poh! –respondió Miguel, olvidando deconstruirse y refiriéndose a sí mismo en masculino. Afortunadamente para él, Daniela no notó el lapsus linguae.   

Ella se quitó las medias, el short y su ropa interior. Él se dejó la minifalda negra, pero se quitó las medias y sus calzoncillos, luego procedieron a adoptar la patriarcal posición del misionero.

La cama de una plaza y media crujía estrepitosamente, la tía Jacinta desde el living escuchó el ruido y procedió a subir el volumen de la televisión en la que veía alguna serie de Netflix. No sabía qué pensar, así que optó por no hacerlo.

Los jóvenes cayeron uno al lado del otro, exhaustos. Daniela era algo corpulenta, pero Miguel era extremadamente delgado, por lo que ambos cabían cómodamente. Si él se hubiera depilado las piernas y afeitado la barba, hubiera pasado perfectamente por una mujer poco dotada físicamente, pero la idea de su aspecto era precisamente provocar con esa estética que llamaban “kuir”, en una castellanización del anglicismo queer.

– ¿Salgamos? –Invitó Daniela.

–¿A dónde? –Preguntó Miguel. En parte por los desmanes y en parte por el toque de queda, todos los lugares para comer, beber o comprar algo ya estaban cerrados.

–No sé. Llevémonos las cervezas y las tomamos en la plaza.

Volvieron a ponerse su ropa y bajaron.

–¿A dónde van? –Preguntó la tía Jacinta.

–Aquí a la plaza, mamá.

–Tengan cuidado.

–Ya no pasa nada y la yuta ni se vio hoy.

Jacinta había entendido que la yuta era la policía, sin embargo, no entendía por qué su hija tenía tanta enemistad en contra de Carabineros. Ella siempre se había sentido y aún se sentía más segura en su presencia. Era una ciudadana honesta y no tenía porque tener miedo de la policía. Su hija le había intentado explicar acerca del centro de tortura de Plaza Baquedano, de las violaciones ocurridas durante los disturbios del año pasado y todas las supuestas noticias, pero ella no lo creía. Por mucho que su hija fuera ahora universitaria y supiera más de muchas cosas, no sabía más de la vida. Lamentablemente, pensaba, esas lecciones las da la propia vida y normalmente de manera brutal.

–Éntrense luego –se limitó a recomendar.

La casa era una de las muchas casas originalmente idénticas, pero ya pintadas de diferentes colores, cercanas a la avenida Vicuña Mackenna, cerca de la estación San Joaquín del Metro de Santiago. La plaza a la que iban a beber estaba cercada por una reja metálica negra y no podían acceder a ella sino los residentes de una especie de condominio informal. Normalmente había otros jóvenes allí bebiendo, pero esta vez estaba extrañamente vacía. Tal vez porque la mayoría de los jóvenes vecinos se había quedado en las inmediaciones de la plaza Baquedano para continuar con la fiesta en el mismo lugar de la manifestación.

 Cuando salieron, un agresivo maullido les sorprendió.

–¡Emma! –Llamó Daniela.

El gato se acercó, arañó la mano de su dueña y volvió a desaparecer en la oscuridad.

–Se corrió la voz entre los gatos –dijo Miguel con toda seriedad.

–¡No hables huevadas! –Respondió Daniela, quien comenzaba a asustarse. –Debe ser otro gato negro igual, además de noche todos los gatos son iguales y negros.

Se sentaron en una de las bancas de la plaza. Los juegos infantiles y las máquinas de ejercicio estaban rodeados de una cinta plástica para que nadie los usara.

Abrieron otra cerveza y encendieron otro porro de marihuana. Un gato negro, tal vez el mismo que había arañado la mano de Daniela se acercó y se sentó a mirarlos.

–Claramente no es Emma –dijo Daniela como para tranquilizarse.

El muchacho afeminado estaba como hipnotizado por el animal y no dijo nada. Ella le pasó la cerveza a él y fumó más marihuana. Luego le quitó la lata y le pasó el porro. Él negó con la cabeza, ella se encogió de hombros y siguió bebiendo. No hubiera querido admitirlo, pero la cobardía de Miguel le pareció poco atractiva, acaso poco varonil. Después de todo, el hecho de que usara vestidos, barba y maquillaje no dejaba de ser una manifestación de un torcido valor viril que acaso encontrara atractivo. Al lado del primer gato que permanecía mirándolos se instaló otro de colores blanco y negro, luego otro gato anaranjado, luego uno romano.

–¡Galla! –Dijo Miguel.

–Huevona, siempre se ha llenado de gatos esta plaza.

Miguel no dijo nada. Era cierto que siempre correteaban gatos por el sector, pero era extraño que todos se juntaran y se quedaran mirándolos. Miró hacia otro lado para sacarse a los gatos de la vista, pero notó que otros gatos estaban ahora mirándolos desde atrás. Ya no pudo o no quiso contarlos. Abrió una de las latas que estaban cerradas y comenzó a beber. Daniela estaba sorprendida por el gesto tan poco comunitario de su pareja y estuvo a punto de increparle, sin embargo, cuando vio el terror en su rostro ella también se asustó.

–¿Qué te pasa?

–Estamos cagados, Dani –murmuró el joven.

–¡Huevón cállate! –el miedo la hizo olvidar toda la teoría de género.

En ese momento, una silueta se acercó a la reja del condominio informal. Era el hombre que Miguel había visto frente a la iglesia. Su rostro estaba inexpresivo, pero su mirada lucía igual de implacable que durante el incendio. De uno de sus bolsillos sacó aquella especie de rosario y comenzó a recitar aquellos ininteligibles mantras.

–¡Mierda! –Miguel supo que huir no serviría de nada.

–Piensa que esos gatitos son mártires de la revolución y que la culpa la tienen los pacos –dijo Daniela tratando de tranquilizarlo.

–Que fáciles son los sacrificios cuando sacrificas inocentes –dijo el hombre con claridad. Esta vez Daniela también pudo verlo.

Como una verdadera damisela apretujada por un corsé del siglo XIX, Miguel se desvaneció. Lo despertó el grito de la tía Jacinta, que contemplaba el cuerpo despedazado de su hija.

–¡Qué pasó, Miguel!

El joven no había visto lo que había ocurrido, pero podía imaginarlo perfectamente y sabía que la tía no le iba a creer. Miró para ver si estaba el hombre de negro. Ahí estaba de pie, justo al otro lado de la reja. Su mirada lucía ahora tranquila. El hombre se puso en cuatro patas y se transformó ante sus ojos en un gran gato negro, casi del tamaño de una pantera. La tía contemplaba lo que quedaba del cuerpo de su hija y no había podido ver el prodigio. En cualquier caso, Miguel sabía que aquello había ocurrido sólo para sus ojos, para dejarlo como testigo de una justicia superior a aquella de los hombres.     

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