El Despertar

 

El hotel ardía ante el estupor y la impotencia del viejo propietario. Ahí se quemaban décadas de trabajo. La fuente de soda de la esquina, también de su propiedad, se había salvado de las llamas, pero abrirla para que los poetas de la vecina Sociedad de Escritores pasaran a beber más vino y a continuar recitando sus poemas, muchas veces insufribles, no tenía demasiado sentido, pues un carnaval de destrucción se apoderaba todas las noches del barrio que alguna vez había sido el más rentable de la capital. Desde aquel tiempo, habían pasado objetivamente algunas semanas y subjetivamente miles de años. Estaba convencido de que Dios había abandonado su patria de adopción y que la Virgen del Carmen, la patrona de Chile, se había retirado ofendida por tanto sacrilegio junto. El viejo era católico, “pechoño”, como le decían a la gente demasiado fervorosa. Sus hijos y sus amigos solían hacerle bromas sobre aquello, pero él respondía que tenía muchas razones para sentirse agradecido, pues había llegado de España sin nada y había prosperado a punta de esfuerzo, fe e ingenio.

–A Dios rogando y con el mazo dando –respondía siempre con su ingenua sabiduría peninsular a las bromas y rara vez se perdía la misa de domingo.

 En los últimos días, la tierra prometida se había transformado en una casa de locos que parecían poseídos por los más brutales de los demonios. A pesar de lo sucedido, se sentía todavía protegido por la Providencia, pues había tenido la sabiduría, sin duda inspirada por el Altísimo, de acumular ahorros para tiempos difíciles, aunque nunca imaginó que los tiempos se volverían así de duros, pero no todo estaba perdido; los hijos tenían sus profesiones y sus trabajos, por lo que sus responsabilidades de padre de familia estaban cumplidas. Agradeció la muerte de su esposa, un par de años antes. Había sido la pérdida más dolorosa de su vida, pero ahora entendía que Dios se la había llevado antes de que tuviera que presenciar la debacle. Una cosa distinta eran los empleados, pero ya no iba a poder hacerse cargo de ellos ni de nada. Tal vez había que dejar el país otrora bendito que lo había recibido con los brazos abiertos y que le había permitido prosperar y cumplir todos sus sueños. Volver a cruzar el charco, esta vez para siempre, parecía ser el único proyecto viable. Sin embargo, las noticias de la madre patria tampoco eran alentadoras; era como si una extraña fuerza se hubiera apoderado de las juventudes de todo el mundo y quisiera simplemente destruirlo todo. En cualquier caso, con lo que tenía podría comprar una pequeña casa en algún pueblo perdido de la península y dedicarse a nada. Don José, sin embargo, no era un hombre contemplativo, así que no iba a quedarse sentado escribiendo poesía o estudiando. Tal vez un pequeño negocio que no rentara mucho fuera la solución. Uno como el de su padre.

Desde el parque de enfrente contemplaba el saqueo, la huida de los huéspedes, la consternación de las mucamas, los botones, las recepcionistas y a Manuel, el gerente talentoso que hacía los convenios con las agencias de viajes. Él ardía en rabia. El hotel era casi tan suyo como de él y era un hombre joven con demasiado futuro por delante como para tener la calma que dan los años, pero era un tipo inteligente y trabajador, así que estaría bien. Tal vez llevarlo con él a España para continuar haciendo negocios juntos no fuera mala idea, pero era algo para pensar un poco más adelante.

–¡Chile despertó! –Gritó un muchachote tal vez de veinte años o acaso menos.

–¡Qué sabes tú lo que despertaste! –Le gritó el anciano como respuesta. No había odio ni resentimiento en sus palabras, más bien un pesar profundo, pero nunca tanto como para abatir a un viejo coño a prueba de todo.

El joven se dio media vuelta y lo miró con fiereza a los ojos. Pero el anciano no tenía miedo, porque tenía el valor de quien lo ha perdido casi todo y lo que no había perdido estaba asegurado, así que ya no tenía nada que temer. El muchacho retrocedió ante la mirada de don José, quien no tenía la intención de intimidarlo ni ninguna otra. Cuando el joven huyó, porque lo que hizo fue huir, el anciano se extrañó, pero no le dio la más mínima importancia; tenía cuestiones más urgentes que decidir.

Juan Pablo era estudiante de trabajo social en la Universidad Cristiana, una universidad que de cristiano no tenía más que el nombre y que era el nido de anarquistas, trotskistas y toda clase de izquierdistas asistémicos, es decir, de aquellos que quieren destruir el sistema, pero que carecen de un proyecto político de remplazo. En las clases, las lecturas y sobre todo en las conversaciones en la cafetería, que una bella muchacha lideraba apasionadamente, se había ido convenciendo de las más extrañas doctrinas y estaba ya seguro de que todos los privilegios debían eliminarse y su actividad revolucionaria del mundo real estaba acompañada de un tremendo activismo virtual que consistía en compartir consignas y memes en Instagram. No había sido él uno de los que había quemado el hotel, pero había entrado para avivar el fuego. Un acto más bien puramente simbólico, en un edificio ya condenado por los acelerantes y las llamas.

La euforia del fuego había dado paso a una extraña sensación cuando el viejo le contestó el grito. Hubiera podido reducirlo fácilmente con un par de patadas y era lo que tenía decidido hacer, hasta que algo en la mirada del anciano le hizo retroceder, pero ¿había sido su mirada?

–¡No sabes lo que despertaste! –La frase resonaba todavía en su cabeza. ¿La había dicho el viejo? Había algo en esa voz, acaso en las palabras, que había abierto una especie de puerta a las más extrañas percepciones.

Caminó sin rumbo y se encontró entre los tótems que habían puesto en el bandejón triangular que precedía la plaza Baquedano, parado justo al centro, junto al monolito más extraño al que rodeaban los otros tres, aunque tenía para él un aspecto vagamente familiar. Este último era de piedra o quizá estaba hecho de alguna sustancia artificial muy parecida. Lo tocó y algo así como una corriente eléctrica subió por su brazo. Decidió que era hora de partir a casa. No buscó a sus amigos ni quiso despedirse de nadie. Caminó varias cuadras por Providencia hasta más o menos la altura de la calle Carlos Antúnez y allí pudo por fin encontrar un microbús que lo llevó al departamento en el que aún vivía con sus padres, quienes no tenían la menor idea de sus actividades en plaza Baquedano, en las que había participado desde el comienzo, saliendo de las reuniones de su universidad que quedaba cerca. A su padre especialmente no le gustaba demasiado la Universidad Cristiana precisamente por su reputación de ser una cuna de rebeldes. Los edificios del plantel estaban decorados con grafitis, mosaicos y lienzos con consignas que él consideraba simplemente demasiado: “muerte al macho”, “la revolución será feminista o no será”, “abajo el capitalismo”. Sin embargo, el precio de la colegiatura era extremadamente accesible comparado con otras universidades más de su agrado. No pasó demasiado tiempo antes de que el joven cambiara o más bien comenzara a tener un discurso político. Durante sus años de colegio, el muchacho parecía más preocupado de leer a Lovecraft, jugar video juegos y una excéntrica afición al ocultismo. La había heredado de su difunto abuelo materno, quien era el gran maestro de una antigua sociedad secreta conocida simplemente como La Hermandad de la Rosa. De él también había heredado una colección de libros que había devorado sin comprender del todo y un juego de cartas de tarot que era imposible de encontrar en una librería normal o incluso en una especializada. Tenía pocos, pero dulces recuerdos del anciano, pues había muerto cuando él tenía siete años. Carmen, la madre, decía que el joven era bastante acertado en sus lecturas de tarot, pero a don Alonso no le gustaban ese tipo de cosas por una razón que no podía definir. Por esta indefinición, nunca se manifestó en contra de la afición de su hijo, además de que el muchacho hacía algo de dinero echando las cartas a los vecinos y a clientes que conseguía por las redes sociales.

Juan Pablo trató de lucir lo más normal posible. La pañoleta palestina que usaba a guisa de capucha estaba convenientemente puesta en el cuello. Esperaba encontrarse con sus padres dormidos, pero en cambio se encontró con su don Alonso despierto y sentado en un sillón de la sala.

–Hola, papá.

– ¿Eh? Hola, Juan Pablo.

Al joven le extrañó la actitud taciturna del padre.

–¿Qué te pasa?   

–Quemaron el Hotel Principal. Era cliente de la empresa. No era de los más grandes, pero el viejo coño llevaba como treinta años con nosotros. Parece que se vuelve a España.

Era precisamente el hotel al que había entrado a avivar las llamas. No había pensado que su padre era uno de los socios de una empresa que vendía insumos a hoteles, restaurantes y hospitales.

–Lo llamé por teléfono, pero no me contesta. Supongo que está bien, las malas noticias vuelan y seguramente está muy ocupado. No imagino qué se debe sentir perder el esfuerzo de una vida. “Chile despertó”, ¡estos mocosos no hicieron más que despertar la ruina, la pobreza, el odio y la envidia! –Dijo Alonso casi para sí mismo–. Tú, anda a acostarte y no te metas en las idioteces que hacen los tipos de tu universidad –dijo esto último más bien con ternura, porque no estaba enterado en absoluto de las actividades de su hijo.

Juan Pablo no había pensado en quemar el hotel esa noche, en rigor no había pensado en nada ni había sido uno de los artífices del incendio. Sólo se había dejado llevar por el efecto enjambre y la euforia. A esa hora, varios de sus compañeros, que tampoco habían sido los autores del atentado, habían sido detenidos. Su teléfono estaba ya descargado. Cuando lo enchufó, surgieron varias llamadas perdidas de Cecilia, la chica que le gustaba y que lo había dejado convenientemente en la friend zone, alargando su virginidad colegial.

–Hola, –dijo llamándola –me había quedado sin batería.

–Huevón, ¡pensé que la yuta te había matado! ¿Cómo estás?

–Me vine a la casa, no me sentí bien.

–Hay varies compañeres detenides –informó Cecilia.

–Qué mal…

–¿Te asfixiaste con las lacrimógenas de nuevo?

–No sé, como que me sentí mal cuando estaba al lado del tótem de piedra.

–¿Cuál tótem de piedra?

–Ese que está en medio de los tótems de madera.

–Amigue, estás alucinando, no hay ningún tótem de piedra, los tres son de madera.

–El del medio es como de piedra, a lo mejor es de cemento.

–Juan Pablo, son los tres de madera.

–El cuarto, el del medio.

–Hay tres. Ya, que bueno que estés bien, nos vemos. Cuídate.

“Monumentos” a la insurrección aparecían y desaparecían cada día, por lo que era muy probable que Cecilia no hubiera visto aquella extraña escultura. Más que cualquier convicción política profunda, la principal atracción del movimiento social era para él la joven con la que había dejado de hablar por teléfono, una chica que no iba a tomarlo en serio precisamente a él, porque mantenía una relación secreta con el profesor Salcedo, quien era además uno de los “líderes intelectuales” de la insurrección. Juan Pablo no lo sabía, aunque era un secreto a voces. El profesor se había asegurado de que la relación fuera lo suficientemente conocida: había invitado a la joven a reuniones sociales con otros profesores y había subido fotos de ambos a Facebook. Juan Pablo, como muchos de su generación, consideraba que esa red social era para viejos. La razón de la publicidad de la relación era que el profesor se aseguraba de ese modo de que, en caso de discusión o ruptura, no sería acusado de acoso sexual o de algo peor por la joven, como había sucedido con dos profesores en 2018. Cecilia, por su parte, guardaba la relación en secreto porque sabía, entre consciente e inconscientemente, que su atractivo y carisma eran las razones fundamentales para la militancia en el movimiento de muchos condiscípulos.

El muchacho estaba cansado, por lo que se metió rápidamente en la cama y se durmió casi de inmediato. Su sueño, sin embargo, distó mucho de ser aquel de los justos. El extraño monolito apareció primero en el bandejón que estaba enfrente de la plaza, luego en un extraño paisaje que era una aberración tanto cromática como geométrica, pero que parecía ser el verdadero hogar de la piedra, que tomó allí una forma vagamente humana. A pesar de que se había acostado relativamente temprano, despertó tarde aquella mañana de sábado. Lo primero que hizo fue dibujar el curioso artefacto tanto en la forma en que lo había visto enfrente de la plaza, como después de la metamorfosis que había sufrido en los paisajes borrosos y bizarros de sus sueños. Juan Pablo dibujaba de manera aceptable, por lo que las imágenes fueron lo suficientemente precisas. Tanto en la plaza como en sus sueños, la escultura lucía orgánica, pero no era de una persona ni un animal conocido, más bien parecía un organismo unicelular gigantesco. Pese a su excentricidad, parecía extrañamente familiar y no sólo por su parecido con el trabajo de Hans Giger, el artista que había dado forma a los monstruos de la serie de películas “Alien”.

Luego de levantarse tomó su desayuno, consistente en pan con palta y café con leche. El sueño parecía haberle cansado más en vez de reparar sus energías, pero no recordaba nada más que el monolito y los paisajes con claridad, porque lo demás estaba borroso en su mente. Recordó “La llamada de Cthulhu”, uno de sus libros preferidos, lo que le hizo que encontrara en sus sueños una dimensión más interesante y lúdica. No tenía miedo, pero más tarde, cuando consultó sus cartas de tarot, aparecieron juntas la muerte invertida, la torre, el juicio y el diablo invertido. Una combinación que sabía maligna y que no había visto jamás fuera de uno de sus libros. Su mente, sin embargo, se las arregló para olvidar y desestimar el aciago presagio.

Cecilia envió un mensaje al grupo de WhatsApp: irían a protestar a los tribunales para la liberación de los “combatientes” detenidos de la noche anterior. Casi todos eran amigos o al menos conocidos de Juan Pablo, pero ninguno de ellos era verdaderamente culpable de haber comenzado el fuego en el hotel. Aquellos autores misteriosos habían desaparecido convenientemente una vez terminado su trabajo y volverían cuando se requiriera de operaciones serias, dejando mientras tanto que pagaran los estudiantes de la Universidad Cristiana.

El muchacho no estaba del mejor ánimo para ir, pero no era capaz de negarse ante la belleza de Cecilia ni ante un torcido imperativo moral de solidarizar con les compañeres combatientes. En cualquier caso, la ceremonia sería a las cuatro y media de la tarde, pues nadie entre les compañeres iba a levantarse temprano. Eso le daba tiempo suficiente para bañarse y almorzar. Su madre preparó pollo con arroz. Cecilia era vegana y él le había dicho que compartía su compasión por los animales, pero no era verdad. Lo había dicho sólo para complacerla, asegurando de esa forma la continuidad de su estadía en la friend zone, a la que están condenados los hombres complacientes, y la prolongación de su virginidad infantil. Pese al supuesto descanso y el almuerzo, no había logrado recuperar fuerzas, pero había que ir, no fuera que les compañeres le tomaran por “facho”.

Bajó del metro en estación Rondizzoni, en donde estaba el gigantesco edificio de los tribunales en lo criminal apodado “el mall del crimen”, por su parecido por fuera con los centros comerciales. Frente a la entrada, había un tótem de piedra o algo parecido, idéntico a aquel que estaba enfrente de la plaza Baquedano. Se acercó y lo tocó de nuevo. Le gustaba, lo imaginaba como sacado de uno de los relatos de Lovecraft y se preguntaba si la Coordinadora Indígena lo habría hecho. Esta vez sintió al objeto frío y se entumeció su brazo entero. Se acercó a la explanada rodeada por el “mall del crimen” en donde estaban les compañeres. Había muchos, de varios grupos y buscó a Cecilia. Todos tenían carteles que decían “libertad a los presxs políticxs del estallido”, “vivxs las queremos” y consignas semejantes, todas con las letras del género reemplazadas por una ‘x’.

–¡Hola! –Saludó el joven a su desdeñosa amada.

La joven le devolvió un abrazo y un fraternal beso en la mejilla que estremeció al muchacho, pero que sería todo lo que obtendría de ella. Llevaba esos shorts que permitían ver la parte baja de los glúteos con la intención de provocar el piropo de algún patriarca opresor y tener así la excusa para insultarle y con él a todo el sistema heteronormativo y estructuralmente machista.  

Juan Pablo iba a comentar el tótem de piedra que estaba en el bandejón de enfrente y que debía ser visible desde la explanada, pero cuando se volvió para verlo de nuevo, comprobó que ya no estaba ahí. Todavía tenía el brazo medio entumecido por el contacto y aquello no era una ilusión. En un acto de osadía sin precedentes, tocó con esa mano la mejilla de Cecilia.

–¡Cómo puedes tener la mano tan helada con el calor que hace!

El joven se encogió de hombros y esbozó algo así como una sonrisa que quiso ser traviesa, pero que en realidad no era más que la risa nerviosa que oculta el miedo. Entonces llegaron Los Diablos Rojos, que era una banda de “murga”, es decir una banda que tocaba en eventos callejeros supuestamente teatrales y artísticos. Haciendo honor a su nombre, eran una banda musical de unos treinta jóvenes, hombres y mujeres, que vestían de rojo y que llevaban máscaras de diablos tejidas de lana. Comenzaron entonces con su música y todos los diversos grupos que protestaban se sumaron a una especie de corro y la protesta pareció más bien un carnaval. No harían destrozos en ese lugar, porque hacerlo rodeados de docenas de jueces capaces de llamar a la fuerza pública era más delicado. La danza era frenética. Cecilia se unió al corro de ménades y coribantes y se dejó llevar por la sensación colectiva. El entumecimiento del brazo de Juan Pablo comenzó a aumentar y sintió la necesidad urgente de huir de ahí. Afuera, como si lo esperara sólo a él, estaba el tótem de piedra, que esta vez parecía moverse como si respirara orgánicamente.

–¡No sabes lo que despertaste! –Dijo de nuevo la voz del viejo español en su memoria y casi pudo escucharla físicamente.

Una línea negra apareció en la mitad de la piedra y pareció partirse en dos para revelar algo así como una apertura de una negrura más profunda con la forma parecida a una elipse, aunque la forma desafiaba tanto a la geometría euclidiana como a la del espacio. De ella comenzaron a salir sombras que parecían amebas transparentes, una tras otra, pausada, pero sostenidamente. Entonces Juan Pablo recordó su sueño y recordó haber visto a estos seres en aquel paisaje bizarro. No lo hizo, pero sabía que, si tenía la osadía de asomarse por la abertura, vería aquellos paisajes aberrantes. Las primeras amebas de oscuridad se dirigieron a la explanada que estaba al centro del edificio de los tribunales y Juan Pablo adivinó que iban tras sus amigos manifestantes. A pesar de sus últimas “hazañas” en la plaza Baquedano, el muchacho no era especialmente valiente y, sin el efecto enjambre, se reveló su natural cobardía, aunque ni el más valiente que hubiera contemplado la escena hubiera sido capaz de mantener un temple digno. Se dirigió al metro, pero el tren se tardaba porque la frecuencia era menor durante los fines de semana. Las sombras comenzaron a invadir la estación, pero al parecer sólo Juan Pablo era capaz de verlas, porque las demás personas de los andenes mantenían la clásica actitud indiferente de todas las estaciones de metro del mundo. Las amebas de sombra flotaban entre los pasajeros como si los olisquearan, pasaban de uno a otro, pero ciertas sombras se quedaban sobre alguno de ellos, a quienes parecían escoger, y se veía como salía luz desde sus coronillas y cómo esta luz desaparecía en la ameba de sombra que perdía transparencia y parecía ganar más sustancia, aumentando su opacidad.

El tren por fin llegó y los extraños entes parecieron dispersarse por un momento, pero cuando los carros se detuvieron aparecieron más. Algunas siguieron a quienes se bajaban del tren, otras entraron en los carros atravesando sus paredes. Juan Pablo decidió que su mejor opción era subir al tren y alejarse lo más pronto posible de ahí. En él las sombras continuaron con la misma actitud que habían tenido en los andenes, hasta que finalmente cada una de las que estaba en él quedó adherida a una persona, succionando esta especie de luz, aunque la mayoría de los pasajeros parecían libres del ataque. Afortunadamente, pensó, las amebas de sombra no parecían tener ningún interés en él. Cuando cambió de línea para volver a su casa, el nuevo tren se veía normal y no parecía haber ninguna de aquellas entidades allí.

En el departamento no había nadie. Sus padres solían salir a tomar café a alguna cafetería cercana, así que estaba solo. Había logrado entender que la escultura era una especie de portal hacia un mundo paralelo y entonces recordó haberla visto antes. Los libros de su abuelo estaban en un dormitorio convertido en una suerte de oficina en la que él y su padre solían trabajar y estudiar. Tapizaban dos paredes completas y sólo la mitad estaban en castellano, pero había un libro con tapas de cuero rojo que de pronto estaba muy claro en su mente. Era la edición bilingüe de “Scientia et ars vocatio daemoniorum” (“Ciencia y arte del llamado a los demonios”), un anónimo del siglo XIII mucho más grueso que un grimorio simple y que era algo así como la declaración de principios de la Hermandad de la Rosa. Lo había leído cuando niño, cuando era demasiado inmaduro para entenderlo. Recorrió sus páginas con frenesí hasta que por fin encontró, en una hoja amarillenta, un dibujo que mostraba una escultura muy similar, sino la misma que había estado viendo últimamente. Bajo ella una breve descripción decía “ianua inferni”, puerta del infierno. Sin leer el texto, continuó y vio dibujos de las amebas de sombra y se las describía como a entes que se nutría de las emociones negativas de los seres humanos. Los seres tenían un nombre, pero el texto aconsejaba no pronunciarlo. En la página siguiente, aparecía uno de estos seres con un ojo similar al humano abierto.

Juan Pablo no quiso seguir leyendo, aunque llevó el libro a su dormitorio para continuar más adelante. El brazo entumecido comenzaba a dolerle y entonces vio que tenía abrazada a él a una de las sombras que se veía más pequeña, pero mucho menos transparente y más opaca. La sombra creció y se acercó a su cabeza, ante el pánico del muchacho. A diferencia de aquellas que había visto al principio, esta se movía lentamente y acaso revelaba un grado mayor de voluntad e inteligencia. Gran parte de la ameba de sombra estaba frente a su rostro y de pronto abrió un ojo gigantesco con cierto parecido a un ojo humano, aunque carecía de cejas o pestañas.

Carmen y Alonso escucharon un grito que venía del dormitorio de su hijo cuando abrieron la puerta.

 –¡Sáquenmelo, sáquenmelo! –Gritaba y no parecía estar consciente de la presencia de sus padres en la habitación.  Luego de varios intentos de comunicarse con él y de recibir varios fuertes manotazos, se resignaron a llamar al servicio de emergencias.  

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