October 25, 2021

El canal de Arturo Ruiz

La verdadera conspiración y el problema de la soberanía nacional

Transcripción del video

El miedo ha sido tradicionalmente un instrumento de las llamadas élites para el control de la población civil.

Como Henri Frankfort explicó:

“El deseo común de seguridad no tenía por qué haber sobrevivido después de que el Imperio Egipcio extendió la frontera militar de Egipto hasta Asia y, por lo tanto, eliminó el peligro de la frontera inmediata […] Sin embargo, era una época inquieta, y había peligros en el horizonte lejano que podían invocarse para mantener unida a la comunidad, ya que la unidad era ventajosa para ciertos poderes centrales […] La psicosis del miedo, una vez engendrada, permaneció presente. Había fuerzas en el trono que mantenían viva esta psicosis del miedo para mantener el propósito unificado de la nación” (The Intellectual Adventure of Ancient Man, Henri Frankfort).

Después de la Segunda Guerra Mundial la guerra fría sirvió muy bien a este propósito, sin embargo, esta terminó.

[Intro]

Antes de comenzar, quiero pedirles que compartan este video en sus redes sociales, así como con sus amigos y conocidos. Como podrán darse cuenta, ciertas plataformas no gustan del contenido crítico. También les pido que se suscriban al canal y que revisen si es que siguen suscritos.

Mucha especulación ha rodeado al atentado de las Torres Gemelas, esto ha generado un sinnúmero de teorías de conspiración, las que no deben ser descartadas de plano solo por ser teorías de conspiración. Por ejemplo, el terrorista Mohamed Atta ya era vigilado por agentes del FBI y se tenía una idea más o menos clara de sus planes, sin embargo, no se hizo nada para evitarlos. Estas teorías distraen del verdadero meollo del asunto: no se trata de si el ataque a las Torres Gemelas fue o no un atentado de falsa bandera, aunque no estaría mal saberlo. Lo que sí sabemos es cómo este atentado se usó para restringir las libertades de los norteamericanos con la Patriot Act, una legislación que es la responsable del incremento de la seguridad en los aeropuertos y, esto es más importante, que permitió a los servicios de inteligencia de ese país espiar a sus propios ciudadanos. Aunque hubo muchas voces que advirtieron de esto, hubo muchas otras que celebraron la medida, privilegiando la seguridad por sobre la libertad.

Pese a la gravedad del atentado, la guerra se terminó con rapidez, aunque se trató de una guerra contra un país que no tenía nada que ver con el incidente: Irak. Sadam Husein cayó rápidamente, porque su país no tenía ninguna oportunidad contra Estados Unidos. Respecto a Afganistán, que era donde se había planificado el atentado, no se trataba más que de un país lleno de guerreros medievales que ni siquiera hubieran podido llegar a América, de no ser por el apoyo de ciertos saudíes. De hecho, la gran mayoría de los secuestradores era de esta nacionalidad, lo mismo que Osama Bin Laden, el cerebro detrás de todo.

Estas amenazas permitieron eliminar libertades de los estadounidenses, pero el peligro era demasiado débil para ser permanente y no podía tener un alcance global.

En “1984” de George Orwell, el lema del partido era “guerra es paz, la libertad es esclavitud, ignorancia es fuerza”. Con esto, el autor quería mostrar que la amenaza del peligro constante, la guerra, permitía mantener en paz a una población que renunciaba a su libertad producto de la ignorancia.

La amenaza de guerra se veía lejana y China, el único país que podía tener interés en ella, se veía más ocupado en venderle sus productos a los Estados Unidos antes que en destruirlos, aunque permaneció como amenaza latente. De nuevo, el problema de esto era que sólo servía para mantener a raya los estadounidenses y no parecía posible extender el temor a otras naciones.

Entonces surgió el virus. De nuevo, es verdad que hay un virus con una gripe mucho más contagiosa que la tradicional y, aparentemente, este virus salió de un laboratorio. Esta pandemia, sin embargo, ha sido muchísimo más benigna que la última pandemia que fue la Gripe Española y no tiene comparación con las pestes de la antigüedad.

Las generaciones actuales habían perdido la costumbre de la enfermedad, la vejez y la muerte. La sociedad moderna nos ha hecho creer que esas cosas no existen y que todos tenemos el derecho de morir a una edad avanzada, esto para aquellos que recuerden que hay que morir, el famoso memento mori.

“La construcción artificial y el mantenimiento del miedo en una población por parte de una clase dominante ha permanecido omnipresente desde la época del Antiguo Egipto hasta nuestros días. Los gobiernos opresivos a menudo mantienen su control sobre una nación invocando continuamente el miedo, y luego procediendo a afirmar que solo ellos, los poderes gobernantes, tienen los medios y la capacidad de proteger a la población de tal amenaza:

“Todo el objetivo de la política práctica”, escribió HL Mencken, “es mantener a la población alarmada (y por lo tanto clamorosa de ser conducida a la seguridad) amenazando con una serie interminable de peligros, la mayoría de ellos imaginarios”.

John Adams, uno de los padres fundadores de Estados Unidos, se hizo eco de este sentimiento escribiendo “El miedo es la base de la mayoría de los gobiernos” (Academy of ideas).

La repetición y los ataques con falsa bandera son dos de los mecanismos que se mencionan en los diversos lugares en donde se habla de esto. Sin embargo, estamos ante una nueva fórmula para acobardar a una población mundial, sin necesidad de estos ataques, ya que un ataque de este tipo solo puede tener efecto sobre una sola nación. Ahora, el peligro de una enfermedad global permite aterrorizar a toda la población con algo tan simple como aquello que los seres humanos hemos enfrentado desde siempre como parte de nuestra condición: la enfermedad y la muerte.

En las prácticas preliminares del budismo tibetano, el practicante debe meditar en el nacimiento, la enfermedad, la vejez y la muerte como sufrimientos inevitables, al mismo tiempo que recuerda que la última puede caer en cualquier momento “como una gota de rocío en una brizna de pasto”. Por ello, el único momento del que está seguro para poner en práctica el Dharma, o las enseñanzas del Buda, es ahora.

En las filosofías occidentales, la muerte está presente desde Platón hasta Heidegger. El primero habla de la filosofía como preparación para la muerte, mientras que el último habla de “ser para la muerte”. Los filósofos estoicos, los epicúreos y todas las escuelas filosóficas han pensado en ella, a excepción de los posmodernos, para quienes es también un “constructo social”, si es que osan nombrarla.

El grave problema, es que pocos hacen prácticas serias de budismo y pocos leen a los filósofos de cualquier época, excepto por los adoctrinadores de la posmodernidad, quienes han hecho sentir a un montón de personas víctimas por ser mujeres, de color o por último herederos de la culpa blanca. La víctima no exhibe un valor fundamental y viril, aunque no exclusivamente viril, como es la valentía, por tanto, el sujeto contemporáneo exhibe su miedo como una muestra de virtud, llevando, por ejemplo, la mascarilla incluso cuando no debe usarla, estando a solas dentro de un automóvil o caminando por un paraje desierto.

Esta nueva forma de miedo dota de nuevos agentes a los organismos estatales e internacionales, esos que quieren borrar las fronteras, minimizar las soberanías y establecer un gobierno mundial que no será democrático, de una policía política compuesta por la mitad de la población o más. Al llegar a mi edificio, debo enfrentar la mirada réproba de los niños que me ordenan ponerme la mascarilla.

Ellos no pueden saber que esta pandemia ha sido sorprendentemente benigna. En general, en el mundo no ha muerto mucha más gente de la que normalmente muere y esa gente ha sido, en su gran mayoría, la gente que hubiera muerto por otras causas, como los ancianos y la gente con padecimientos crónicos de otra índole. Sin perjuicio de que sí han caído algunas personas previamente sanas.

Sus padres son otra historia: ellos han recibido el conteo diario de contagiados y no han hecho el esfuerzo de calcular el porcentaje de población al que tales números corresponden, ni han comparado la cifra con las víctimas de accidentes automovilísticos –no hemos prohibido los autos por ello–. Son ellos quienes han sucumbido al miedo y quienes lo han trasmitido a sus hijos. Todos ellos, padres e hijos, quieren mostrarse como ciudadanos responsables y alardear de su virtud y algunos disfrutan del nuevo poder de ordenar a cualquier transeúnte que se enmascare, incluso en los lugares en los que no es necesario.

Por nuestra parte, debemos, y que quede claro, debemos decir aquí que no damos consejo médico, sino que hacemos una reflexión filosófica y política.

Cuando la guerra es la amenaza, exhibir valor, aunque sea un valor de cafetería, es decir, una valentía que nunca se traducirá en combate, es una forma de virtud, aunque a veces sea falsa. En la situación presente, exhibir cualquier forma de cuestionamiento lo transforma a uno en una especie de terraplanista, antivacunas o un bárbaro negador de la ciencia de ese tipo, además de un ser irresponsable que no cuida de sí mismo ni de sus semejantes.

El cuidado sanitario, que puede ser algo bueno, se vuelve más peligroso al unirse al discurso políticamente correcto. La curiosidad y el cuestionamiento dejan de ser virtudes intelectuales y se transforman en defectos que cuestionan el dogma.

El temor a la enfermedad es virtuoso. Hasta los guerreros espartanos huyeron de Atenas cuando supieron que había peste. Su valor estaba hecho para combatir a otros hombres, no a los miasmas impuros, que era lo que se creía que trasmitía las enfermedades antes de que se conociesen los gérmenes. A pesar de los “avances” entre comillas del feminismo, todavía es relativamente vergonzoso para los hombres mostrar temor ante la agresión, porque la ingeniería social no puede deshacerse de la naturaleza humana y porque las mujeres, pese a su adoctrinamiento, no seleccionarán a machos cobardes. El miedo a la enfermedad en cambio, al ser virtuoso y no tener el estigma de la cobardía, permite que los hombres puedan mostrar miedo y permite controlar mejor a la población masculina, logrando que se encierren solos por temor y obediencia. Los ataques a la “masculinidad tóxica” entre comillas no son por mera ideología. Al feminizar al hombre, el poder reduce la posibilidad de rebelión. Recordemos que los preppers, que son estas personas que tienen armas y preparación para cualquier desastre y que comenzaron en los Estados Unidos bajo la amenaza de la guerra fría eran en su gran mayoría hombres que querían proteger a sus familias ante un eventual holocausto nuclear. En este caso, el miedo actuó en contra de los intereses del poder, ya que una población armada y con la capacidad real de rebelarse no es algo que los gobiernos deseen. El temor a la enfermedad, en cambio, sí puede neutralizar la masculinidad rebelde.    

Platón declaró con razón que “la ignorancia es la raíz de la desgracia”, y mientras permanezcamos ignorantes del hecho de que con demasiada frecuencia aquellos que dicen protegernos del miedo en realidad están manipulando nuestros temores para su propio beneficio, entonces estaremos contribuyendo a la desgracia del mundo a través de nuestro cumplimiento ignorante.

El filósofo Voltaire afirmaba que “Aquellos que pueden hacerte creer absurdos pueden hacerte cometer atrocidades”. Para evitar ser un individuo que puede estar convencido de absurdos, uno debe convertirse en un buscador activo de la verdad, en lugar de un receptor de propaganda pasiva demasiado común. Un paso importante para convertirse en un buscador activo de la verdad es la comprensión de que al evaluar las afirmaciones de los que están en el poder, el escepticismo está justificado e incluso es necesario. Muy a menudo, los que gobiernan no tienen en mente los mejores intereses del público; porque como dijo Aleksandr Solzhenitsyn “el genio político radica en extraer el éxito incluso de la ruina del pueblo” (Academy of ideas).

El miedo que se ha implantado no permite la discusión. Quien no muestre en su rostro la debida gravedad ante la situación presente, quien quiera hacer preguntas y contrastar distintas opiniones es peligroso y la sociedad civil, condicionada por poderosos que han aprovechado la crisis para incrementar su poder, lo condena.

¿Qué puede hacer entonces un ciudadano que quiera mantener la libertad en momentos como este? Tal vez no sea recomendable desafiar cuarentenas ni toques de queda, aunque en muchos países hay gente que lo está haciendo. No creo que esto se deba a la superación del miedo por parte de una reflexión elevada, sino al miedo de verse en la ruina producto de las distintas prohibiciones o, en otras palabras, el hambre o la posibilidad de ella vence al miedo impuesto por el poder, un poder al que se le está terminando el alfabeto griego para nombrar las variantes.

Esta rebeldía instintiva está, sin embargo, lejos de ser óptima, porque no se ha fundado en reflexiones libres e informadas y no inmuniza en contra de nuevos temores que puedan imponer los distintos poderes. Es posible y tal vez más que posible que muchos seres humanos no hayan sido jamás libres, sino que simplemente no se dieron cuenta de su conformidad con las instrucciones que recibieron desde el poder.

Independientemente de la existencia o falsedad de las conspiraciones ocultas, hay una conspiración en nuestras narices que pretende arrebatarnos nuestra libertad y los acontecimientos políticos como Black Lives Matter o el “estallido social” entre comillas chileno forman parte de una conspiración internacional que pretende destruir las soberanías. La pandemia, así como en su momento el atentado a las Torres Gemelas, ha sido también útil a este propósito. No es necesario crear los desastres, aunque a veces puede hacerse, sino que basta con aprovechar de una manera perversa aquellos desastres que siempre ocurren.

Ya lo mencionamos en otro lugar, pero existe un tipo degenerado de ser humano que sólo puede realizarse cuando puede decirle a otros qué hacer y esto es lo que llamamos poder. Este tipo de ser humano busca el poder no con un fin específico, sino con el poder como finalidad en sí misma. Algunas de estas personas justifican para sí mismas esta búsqueda de poder con ideas mesiánicas, otras ni siquiera necesitan justificarse.  Los poderosos sueñan con la dominación total simplemente por su degenerada naturaleza y su lucha por dominarnos es la conspiración más importante y todas las demás son herramientas para ello. Afortunadamente, esto es perfectamente visible para cualquier ciudadano atento, el problema es que no hay muchas personas de este tipo.