December 1, 2021

El canal de Arturo Ruiz

El feminismo como medio de control y otras hierbas

Transcripción del video

Alguna vez hablé en este canal de cómo es que vivimos al mismo tiempo en 1984 de Orwell y en Un mundo feliz de Aldous Huxley. Lo hice en dos videos diferentes en donde comentaba por separado cada uno de los libros. En este video, hablaré de ambos al mismo tiempo y veré qué se ha tomado de cada una de estas obras literarias, cómo estas ficciones se han ido transformando en realidades. Esto, sin embargo, no significa que nos limitaremos a estas fuentes en nuestro análisis.

[Intro]

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Quisiera comenzar por señalar aquellas características propias de la obra de Orwell. Si bien es una novela de ciencia ficción, está basada principalmente en los totalitarismos del siglo pasado, con leves innovaciones tecnológicas, que para nosotros ya parecen arcaicas.

La “telepantalla”, este televisor que también observaba al televidente, ha sido superada por toda la cantidad de pantallas y cámaras a las que estamos expuestos, sin embargo, este big data no ha sido utilizado aún para lograr auténtica obediencia, sino más bien para controlar de manera inadvertida tanto el consumo como, con menor éxito, las preferencias políticas de los consumidores. En China, sin embargo, podemos observar que este sistema de control está ya bastante más avanzado y presenta un aspecto mucho más similar a la novela de Orwell.

El paralelo más interesante y aterrador que podemos encontrar con el libro es el de la “Neolengua” con el llamado lenguaje inclusivo y la corrección política.

La “Neolengua” constituía una reforma del lenguaje que consistía en eliminar y acortar las palabras originales del idioma inglés para reducir de esa forma el alcance del pensamiento de los habitantes del ficticio “Oceanía”.

La corrección política hace lo mismo prohibiendo ciertas expresiones e incorporando otras, como el lenguaje inclusive, con el mismo objetivo, además de construir un discurso único que no pueda ser rebatido.

La diferencia con la novela de Orwell, es que mientras en ella la sanción era jurídica y podía llegar a la tortura, la cárcel o incluso la muerte, en nuestra realidad la sanción es social y lleva a la cultura de la cancelación. La persona que no se adapta a las reglas del lenguaje políticamente correcto es funada o escrachada, es decir acosada en redes sociales y, además, si se trata de alguien más importante, por la propia prensa y se transforma en un paria, con lo cual sus relaciones sociales, familiares y de pareja se ven afectadas, así como sus posibilidades de empleo o negocios se ven tremendamente reducidas. El caso más representativo es el de Fernando Villegas, a quien además le inventaron historias. Esto puede conducir al infractor al ostracismo y/o la ruina, con lo cual deja de ser un actor relevante en la sociedad occidental y sus ideas debieran dejar de tener influencia sobre el cuerpo social, aunque esto no funciona del todo. La constante cancelación y la supresión de los discursos lleva a suspicacias.

El cancelado pasa a ser un outsider y los outsiders son sexys. En este momento, en los Estados Unidos, los partidarios de Trump, Gina Carano, Chris Pratt, Ben Shapiro, Tim Pool y muchos otros han ganado mayor audiencia precisamente por haber sido cancelados o porque hubo intentos de hacerlo. En Chile, los canales de la resistencia, como este, van creciendo lenta, pero constantemente y José Antonio Kast pasó de ser el candidato de la extrema derecha a encabezar las encuestas, aunque en este caso en particular también hayan influido otros factores, como el miedo de la población a las expropiaciones y a la violencia que ha protagonizado la izquierda. El error fue que, luego de transformarse en el discurso hegemónico, el progresismo no fue capaz de renunciar a sus antiguas tácticas ni al viejo “todas las formas de lucha”.

 

 

 El discurso hegemónico consiste en el discurso que la mayoría de la población acepta como válido. Hasta no hace mucho, Antonio Gramsci decía que este discurso era aquel de los valores de la burguesía, es decir, la familia, el trabajo duro y el esfuerzo. La izquierda logró reemplazar en gran medida ese discurso por el discurso de los derechos y la dignidad, pero, en vez de asumirse como dominante, siguió jugando a que eran los oprimidos, lo que generó la inconsistencia.

Esta era la famosa estrategia molecular, que consiste en hacer sentir a los distintos grupos, mujeres, diversidad sexual, grupos minoritarios o incluso grupos inventados, como los veganos o los ciclistas, como oprimidos. De esta forma, se divide a la sociedad en distintos colectivos o moléculas. Esta estrategia es excelente para dividir, pero después no logra aglutinar. Sucedió lo que Slavoj Zizek llamó la resaca de la revolución. Al hacerse con el poder, no supieron qué hacer con él.

El discurso del oprimido se vuelve autoritario y, en general, el autoritarismo genera anticuerpos y la gente comienza lentamente a rebelarse contra él. El mismo Zizek, da el ejemplo del padre autoritario que le dice al hijo: “vamos a ir a ver a tu abuela y es una orden”, lo que hace que el hijo se rebele, y el padre chantajista, que le dice al hijo: “haz lo que quieras, pero tú sabes que la abuela te quiere mucho y siempre te da dinero y regalos. Si quieres ser un ingrato, es cosa tuya”. Con los saqueos, los incendios y las muertes en la Araucanía, la izquierda pasó del discurso chantajista del “soy víctima”, a victimizar a los opositores, incluso físicamente, lo que está haciendo que caiga de a poco en el descrédito. En este mismo sentido, la amenaza de la guerra, como era en la novela, fue reemplazada por la amenaza de la pandemia y el cambio climático, sin embargo, al exagerar las restricciones, no hicieron más que aumentar la resistencia.

Es por eso que las estrategias de 1984 no son suficientes.

 

 

Un mundo feliz presenta en cambio métodos mucho menos evidentes y por ende más efectivos. Allí la libertad es combatida por el libertinaje y las drogas. “Lenina Crowne” es amonestada por su relación monógama con “Bernard Marx”, ya que en ese mundo las relaciones monógamas y la familia están prohibidas o al menos socialmente muy mal miradas. A la familia se la ha logrado eliminar fabricando a los seres humanos artificialmente y además creándolos genéticamente para pertenecer a una casta determinada, partiendo por los gobernantes Alfa + hasta llegar a los sirvientes Épsilon. A “Lenina” no se le prohíbe continuar su relación con “Bernard”, sino que se le insta a tener otros amantes además de él. La angustia que provoca en los ciudadanos esta ausencia de vínculos es combatida con una droga universalmente distribuida: el “Soma”. Esta droga aparentemente no tiene efectos secundarios y los ciudadanos pueden tomar vacaciones de “Soma”, es decir, caen en una especie de coma o cura de sueño.

Eliminar los vínculos familiares es un objetivo de todo régimen totalitario, ya que la familia precede al Estado en cuanto al interés de los individuos y además representa un apoyo importante para su salud mental y emocional y los totalitarismos no quieren eso.

Un sujeto sano en términos emocionales es difícil de manipular y es más probable que tenga actitudes críticas hacia todo, en especial contra el poder.

En la Alemania del pintor austríaco fracasado, el proyecto Lebensborn prestaba ayuda a las madres solteras resultantes de los paseos en las Juventudes Histerianas, en los que se incentivaba que muchachos y muchachas tuvieran sexo extramarital. Los hogares Lebensborn se hacían cargo de estos niños, que eran educados por el Estado, de acuerdo con sus valores y sin la interferencia de padres, porque eran demasiado inmaduros para ejercer ese rol.

En la Rusia soviética también se pensó en implementar un sistema parecido para eliminar a la familia de la ecuación, pero resultó económicamente inviable y en China se instituyó la norma de tener un solo hijo, en parte por el exceso de población, pero también con fines de control.

 

 

 

Hoy en día, doctrinas como el feminismo les dicen a las mujeres que el amor romántico es un constructo heteropatriarcal, por lo que deben abstenerse de relaciones estables y ser lo más promiscuas posibles y además bisexuales o derechamente lesbianas, para que no puedan reproducirse, ya que muchos jerarcas consideran que la población además debe reducirse, como lo dicen expresamente las agendas del Foro de Davos y la ONU.

Este discurso aparenta ser liberal, pero es en realidad libertino, ya que desvincula a la libertad de la responsabilidad. Aquí se usa el placer y no el miedo como herramienta de control, lo que es muy de Un mundo feliz. La orgía es agradable y aparentemente liberadora, sin embargo, destruye los vínculos y es emocionalmente dolorosa, pero esto no es advertido por las feministas ni por los feministos, quienes quieren aprovecharse de este discurso para tener más relaciones sexuales, en la creencia consciente o inconsciente de que, si les llevan el amén a las feministas, recibirán sexo a cambio de su apoyo. En cambio, se ha observado que estos hombres son los más acusados de abuso, ya que la libido heterosexual masculina es un pecado mortal al cual el macho debe renunciar.

Estos discursos son además colectivistas. El patriarcado se define como la opresión que sufre el colectivo de mujeres por parte del colectivo de varones. Es decir, ninguna mujer deja de estar oprimida ni ningún varón deja de oprimir. Si un varón es recolector de basura y una mujer es gerente de una empresa, ella sigue siendo la víctima y él el opresor. Esto vale para la relación entre blancos y otras razas, heterosexuales y diversidad sexual, cristianos y musulmanes e incluso automovilistas y ciclistas o veganos y omnívoros.

El hombre desarraigado es más fácil de manipular. En este mismo sentido, el manejo del COVID 19 como si fuese una pandemia letal tuvo el mismo objetivo, al aislar a las personas de sus vínculos sociales y laborales. Aquí, sin embargo, las medidas fueron demasiado autoritarias, demasiado 1984, y gran parte de la población se rebeló.

El feminismo cultiva el resentimiento de las mujeres hacia los hombres, con lo cual se vuelven un instrumento de manipulación contra ellos que es usado por el progresismo. Las mujeres han sido usadas históricamente por el poder para controlar a los hombres. Durante la Primera Guerra Mundial, mujeres recorrían las calles de Londres entregando plumas blancas a cualquier varón en edad militar que no vistiera uniforme, como una forma de avergonzarles para que se enlistaran. Para el poder, no hay nada más difícil de controlar que hombres jóvenes que, por ejemplo, no tienen trabajo o están descontentos. Los hombres son más proclives a la rebelión que las mujeres, a pesar del cliché de que las mujeres son más valientes porque suelen ser más vociferantes. Lo que en realidad sucede es que los hombres somos más cuidadosos, porque estamos conscientes de que la violencia en nuestro caso puede llegar en algún momento a volverse física e incluso letal.

Un poder que quiere ser totalitario debe castrar psicológicamente a los varones para lograr su sumisión. Al crear la culpa masculina por un supuesto patriarcado, los hombres sin demasiado pensamiento crítico se avergüenzan ya no de no empuñar un fusil, sino de su propia masculinidad. El MGTOW, ha sido una forma de resistencia adoptada por muchos hombres en contra del feminismo. Sin entrar en detalles, su doctrina consiste en que los hombres no deben relacionarse con mujeres a no ser por sexo, teniendo relaciones cortas o, para ellos mejor aún, contratando prostitutas o simplemente haciendo votos de castidad. Lamentablemente esta es una forma de disidencia controlada, ya que su consecuencia última también es la destrucción de la familia y la reducción de la población. Respecto de esto último, hay que destacar que la población en el mundo occidental envejece, lo que significa que no hay una generación de recambio suficiente para cuando los ancianos mueran. Esto redundará necesariamente en escasez de mano de obra, que muchos esperan que sea reemplazada por la automatización, lo que es en parte cierto, sin embargo, se reemplaza a la mano de obra local por mano de obra migrante. Esto sucede porque las personas que vienen de regiones menos desarrolladas tienen menos exigencias, trabajan por menos dinero y, por ende, son más fáciles de controlar por parte del poder.

Cuando hablamos de poder en el siglo XXI, ya no hablamos meramente del Estado, pues este no es más que una parte del verdadero poder. En los años noventa, antes de aliarse con el globalismo, la izquierda denunció esta nueva forma de dominación llamándola imperio y consiste en

 “el sujeto político que regula efectivamente estos intercambios globales, el poder soberano que gobierna el mundo. Se trata de una nueva forma de soberanía que estaría reemplazando la declinante soberanía de los estados-nación y que, por consiguiente, no debería confundirse con la extensión imperialista de la soberanía de ninguno de esos estados-nación preexistentes” (Imperio, Michael Hardt y Antonio Negri).

Esta nueva forma de soberanía está compuesta por organizaciones internacionales, grandes empresas transnacionales y, en general todas aquellas instituciones que no son democráticas. El concepto de imperio ha ido desapareciendo del discurso de la izquierda, pues ya no lo denuncia, como la izquierda antiglobalización de los noventa, sino que se ha aliado con el globalismo, que no es lo mismo que globalización, ya que busca la creación y mantención de instituciones supranacionales que pasen a llevar las soberanías. La izquierda ha encontrado en este globalismo la herramienta perfecta para llevar a cabo su objetivo, que ya no es la sociedad sin clases, sino el poder por el poder, y el globalismo ha encontrado en las fuerzas progresistas una excelente herramienta de control.

Mantener a la población dividida beneficia a las élites y es por eso que estas se han volcado en masa al progresismo. Vemos a la mayoría de los medios de comunicación del mundo apoyar estas ideas, así como a la industria del entretenimiento difundir subrepticia y no tan subrepticiamente sus antivalores. Ambas industrias forman parte de grandes conglomerados internacionales que forman parte del imperio descrito por Hardt y Negri y ambas tienen intereses puestos en este nuevo orden.

Parece ser que la complejidad de la estrategia del progresismo y su realidad marean a las derechas tradicionales, y por eso las observamos declararse feministas, sociales y defender como legítimas las exigencias de “dignidad” entre comillas de los insurrectos en Chile y el mundo.

El principio de la navaja de Hanlon es una extensión contemporánea de la navaja de Ockam y consiste en “no atribuir a la malicia lo que fácilmente puede ser atribuido a la estupidez”.  Normalmente este axioma es correcto, sin embargo, los políticos muchas veces son comprados por los grandes intereses que la antigua izquierda llamaba “imperio” y de los que la izquierda moderna no habla, porque no es tan estúpida como para morder la mano que los alimenta. La derecha tradicional, por otra parte, siempre ha tenido un prurito anti intelectual y es por eso que siempre digo que la mejor manera de esconderle un billete a un derechista es entre las hojas de un libro. Ha descuidado la elaboración de su propio discurso y el análisis del discurso del enemigo y así ha terminado asumiendo el discurso progresista como propio, aparentemente de manera inadvertida. Recordemos que el primer municipio en multar a un hombre por un piropo fue la municipalidad de Las Condes, dirigida en aquel entonces por el alcalde de derecha Joaquín Lavín, quien más tarde se autoproclamó socialdemócrata.

Sí, el principio de la navaja de Hanlon normalmente explica la estupidez y, como dije en el video “La guerra espiritual”, he contemplado casos de atontamiento tan grandes que llegué al convencimiento de la intervención de fuerzas sobrenaturales. Sin embargo, el dinero puede ser más poderoso que cualquier axioma y los mediocres que se hacen llamar élite sin haberle ganado a nadie necesitan además del poder para asegurar su autoimagen y autoestima.  Sin duda hay una mayoría idiota que no comprende estas complejidades, pero además hay una oligarquía intentando asegurar su posición mediante la sumisión del resto de la población.